21/06/18

Los trabajadores abandonan a la gigante petrolera PDVSA y los ladrones la saquean


El derrame de petróleo de dos tanques cubre el terreno en El Tigre, Venezuela (The New York Times)

EL TIGRE, Venezuela – Miles de trabajadores están huyendo de la petrolera paraestatal de Venezuela, abandonando empleos alguna vez codiciados, que perdieron todo su valor debido a la peor inflación de todo el mundo. Ahora la hemorragia está amenazando las oportunidades de ese país de superar su largo declive económico, según afirman los líderes sindicales, ejecutivos y trabajadores petroleros.

Además, los empleados petroleros desesperados y los delincuentes están robando de la petrolera equipo vital, vehículos, bombas y cables de cobre, llevándose lo que pueden para ganar dinero. La sangría doble —de gente y de equipo— está incapacitando aún más a una empresa que ha estado tambaleándose durante años, y aun así sigue siendo la fuente de ingresos más importante del país.

El momento no podría ser peor para el presidente cada vez más autoritario de Venezuela, Nicolás Maduro, quien fue reelecto el mes pasado en unas votaciones ampliamente condenadas por los gobernantes de todo el hemisferio. A los políticos opositores prominentes se les prohibió participar en las elecciones, ya fuera por estar presos o porque se les hubiera exiliado.

Sin embargo, mientras Maduro ejerce un férreo control sobre el país, Venezuela está de rodillas económicamente, rendida por la hiperinflación y una historia de malos manejos. El hambre generalizada, los conflictos políticos, la devastadora escasez de medicamentos y el éxodo de más de un millón de personas en los años recientes han conducido a este país, alguna vez la envidia económica de muchos de sus vecinos, a una crisis que está desbordándose más allá de las fronteras internacionales.

Si Maduro pudiera encontrar una salida de este caos, la llave sería el petróleo, prácticamente la única fuente de moneda fuerte en el país que, según las estimaciones, tiene las reservas petroleras más grandes del mundo.

No obstante, mes tras mes Venezuela produce menos petróleo.

Las oficinas de la paraestatal petrolera se están vaciando, los equipos de trabajo en el campo están a la mitad de su capacidad, se están robando las camionetas y los materiales vitales están desapareciendo. Todo esto se suma a los graves problemas en la empresa, que ya eran agudos debido a la corrupción, un deficiente mantenimiento, deudas paralizantes, la pérdida de profesionales e incluso falta de refacciones.

Ahora los empleados de todos los niveles se están yendo en grandes cantidades, a veces llevándose literalmente partes de la empresa consigo.

Un empleo en Petróleos de Venezuela, conocida como PDVSA, era antes un boleto hacia el Sueño Venezolano.

Ya no es así.

Se proyecta que la inflación en Venezuela alcance un sorprendente 13.000 por ciento este año, según el Fondo Monetario Internacional. Cuando The New York Times entrevistó a Navas en mayo, el salario mensual de un trabajador como él era apenas lo suficiente para comprar un pollo entero o casi un kilo de carne de res. Pero con los precios que suben con gran rapidez, ahora alcanza incluso para menos.

A la petrolera paraestatal no le está yendo mucho mejor. Su producción registra el nivel más bajo en 30 años, y no hay señales de que el descenso continuo ya haya llegado a su fin.

La empresa y el gobierno venezolano deben más de 50.000 millones de dólares en bonos tras no haber podido hacer pagos de los intereses desde finales del año pasado. China ya se ha negado a seguir prestando dinero a Venezuela a cambio de pagos futuros con petróleo.

Las exportaciones de petróleo venezolano se han interrumpido también por acciones legales. En los últimos años, los tribunales han fallado a favor de que ConocoPhillips, una petrolera estadounidense, pueda hacerse de los cargamentos venezolanos en las refinerías y terminales de exportación en varias islas caribeñas holandesas. La acción se deriva de la decisión de Venezuela de nacionalizar los activos petroleros extranjeros hace una década.

Además, en casa, Venezuela ha tenido tantos problemas con las refinerías y otras instalaciones petroleras que ha tenido que importar gasolina para el mercado nacional, por lo que ha gastado dólares que casi no puede pagar.

Maduro ha ordenado el arresto de decenas de gerentes de la petrolera paraestatal, incluyendo al expresidente de la empresa, en lo que describe como la aplicación de mano dura en contra de la corrupción.

Sin embargo, este esfuerzo tiene la marca de una batalla por el control y el acceso a las ganancias del petróleo. En noviembre, Maduro instaló a un general de la Guardia Nacional, Manuel Quevedo, sin experiencia petrolera, en la dirección de la paraestatal.

Todo eso se suma a una empresa en caída libre.

En un discurso pronunciado el mes pasado tras su reelección, Maduro dijo que la producción petrolera de este año debe aumentar por un millón de barriles al día, una tarea en apariencia imposible, lo que sugiere que podría buscar más inversión por parte de gobiernos amigos, como el ruso y el chino.

“¡Tenemos que aumentar la producción en un millón de barriles!”, gritó, “Y ¿quién lo va a hacer? ¿Lo va a hacer Maduro?”. Su propia respuesta: los trabajadores de PDVSA.

En la zona circundante a El Tigre, muchas de las operaciones son realizadas por la paraestatal en sociedad con entidades extranjeras, incluyendo empresas occidentales como Chevron y la española Repsol, paraestatales como China National Petroleum Corp. y la rusa Rosneft.

Los ejecutivos petroleros describen las dificultades para trabajar en Venezuela conforme las condiciones sociales van decayendo.

“La gente está muriendo de hambre”, dijo Eldar Saetre, director ejecutivo de Equinor, la gigante petrolera noruega que trabaja con PDVSA.

En entrevistas con más de una decena de trabajadores petroleros actuales y antiguos, se reveló un profundo enojo. Los trabajadores, muchos de los cuales hablaron a condición de que se conserve su anonimato por temor a represalias, dijeron que, aunque la petrolera venezolana ha estado en declive durante años, su deterioro se ha acelerado.

“Era una copa de oro”, dijo un trabajador. “No de plata, sino de oro. Ahora es una copa de plástico”.

Los trabajadores dijeron que el seguro médico para toda la vida ahora valía muy poco, pues la petrolera paraestatal prácticamente había dejado de pagar a las clínicas privadas. Los trabajadores de campo se quejaron de que a veces no llegan sus almuerzos, pues la empresa no le paga al proveedor.

Las instalaciones muestran un profundo descuido. Muchas tienen derrames de petróleo debidos a que hay tanques, tuberías o válvulas dañadas. En una, dos tanques grandes estaban rodeados de un gran lago negro de crudo que se había fugado.

Los trabajadores dijeron que no sabían quién estaba tras los robos. Mencionaron que es posible que los culpables sean bandas criminales, pero algunos reconocieron que desmantelar sistemas eléctricos activos requería un conocimiento que poseen trabajadores actuales y exempleados.

Ali Moshiri, el ejecutivo principal de Chevron para Latinoamérica hasta el año pasado, dijo que los robos en los campos petroleros venezolanos han sido un hecho durante veinte años.

“Pero los robos se han acelerado”, dijo, y los citó como la causa principal de que la producción petrolera esté desplomándose. “Te roban el auto, y te roban el cabezal del pozo si pueden. Lo funden, le quitan piezas y lo venden”.

“La gente está muy desesperada”, dijo Moshiri. “Pueden vender el cobre para alimentar a su familia”.

Los trabajadores y supervisores en El Tigre dijeron que la producción de los pozos existentes era baja y que la excavación para nuevos pozos estaba en gran medida paralizada por la falta de equipo, compuestos químicos, refacciones y elementos básicos, como comida para los trabajadores.

Un supervisor hizo una lista de los diversos destinos a los que se han ido sus colegas: Estados Unidos, Argentina, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia y España.

Muchos se van sin avisar. A menudo no los remplazan. Cuando los sustituyen, los nuevos trabajadores frecuentemente tienen poca o nula experiencia.

Junior Martínez, de 28 años, quien ha trabajado en la industria petrolera durante ocho años, está juntando sus documentos, incluyendo su título de ingeniero químico. Su esposa e hija se fueron hace tres meses para ganar dinero en Brasil.

“Gano 1.400.000 bolívares a la semana y no alcanza siquiera para comprar un cartón de huevos o una pasta de dientes”, dijo Martínez sobre su salario en la moneda venezolana.

El padre de Martínez, Ovidio Martínez, de 55 años, recuerda haber crecido aquí cuando comenzó el auge petrolero, cuando los pozos emergían a la vuelta de la equina. Lloró mientras hablaba de la determinación de su hijo de abandonar el país.

“Ves que tus hijos se van y no puedes detenerlos”, dijo Ovidio Martínez, tratando de contener las lágrimas. “En este país no tienen futuro”.

(William Neuman reportó desde El Tigre, Venezuela, y Clifford Krauss desde Houston. Patricia Torres colaboró con el reportaje desde El Tigre y Caracas, Venezuela, y Ana Vanessa Herrero desde Caracas).

Fuente: Clarín